La tranquilidad de los poderosos, la angustia de los pueblos

16.03.2026

Cada vez que un conflicto geopolítico escala en Medio Oriente, el mundo financiero reacciona como un organismo nervioso: el petróleo se dispara o se desploma, las bolsas se sacuden y las economías nacionales quedan expuestas a una volatilidad que nadie puede controlar.

Para las grandes potencias, estos movimientos son parte del tablero estratégico global. Para los ciudadanos comunes de los países más vulnerables, en cambio, son otra cosa: combustible más caro, alimentos que suben de precio y un poder adquisitivo que se erosiona silenciosamente.

Esa es la verdadera traducción doméstica de las tensiones internacionales.

Sin embargo, quienes gobiernan rara vez parecen experimentar esa realidad. La política global se discute en términos de alianzas, sanciones, seguridad energética o posicionamiento militar. Pero casi nunca se habla del impacto concreto que esas decisiones tienen sobre millones de personas que viven al límite de su economía cotidiana.

Y lo más preocupante es que esta indiferencia no proviene únicamente de las grandes potencias.

También se reproduce, con demasiada frecuencia, entre las propias dirigencias de los países afectados. Líderes que deberían defender los intereses de sus naciones terminan priorizando algo mucho más pequeño: su permanencia en el poder, su imagen pública, su ego personal o la preservación de sus privilegios.

La política, que debería ser una vocación de servicio, se ha convertido en muchos casos en una competencia de narcisismos.

Mientras tanto, los ciudadanos enfrentan una realidad completamente distinta. Trabajan, pagan impuestos, ajustan sus gastos, cambian hábitos de consumo y reorganizan sus vidas cada vez que la economía global decide temblar. Son ellos quienes absorben el impacto real de decisiones tomadas muy lejos de sus casas.

Pero los que gobiernan viven en otra dimensión.

La mayoría de quienes ocupan los niveles más altos del poder político y económico ya no experimentan las necesidades básicas que estructuran la vida cotidiana de la sociedad. Son personas con patrimonios consolidados, redes de protección, acceso privilegiado a recursos y una distancia material enorme respecto de las preocupaciones que enfrentan los ciudadanos comunes.

Cuando el precio del combustible sube, ellos no dejan de llenar el tanque.
Cuando la inflación aumenta, su nivel de vida no se altera.
Cuando las crisis golpean, siempre encuentran refugios financieros o políticos.

Por eso la empatía escasea.

No se trata solamente de una cuestión ideológica. Es una cuestión de experiencia vital. Quien no conoce la incertidumbre económica difícilmente pueda comprenderla, y quien no depende de un salario para vivir rara vez percibe con claridad lo que significa que los precios suban cada semana.

En ese contexto, la idea de que en todo proceso "habrá quienes quedarán en el camino" deja de ser una advertencia y pasa a convertirse en una confesión cultural: la aceptación de que el sistema puede avanzar aunque parte de la sociedad quede atrás.

Lo verdaderamente inquietante, sin embargo, no es solo la indiferencia del poder.

Es la adaptación de los pueblos a esa indiferencia.

Hace casi dos siglos, Alexis de Tocqueville advirtió que las sociedades podían acostumbrarse lentamente a delegar su destino en élites administrativas cada vez más alejadas de la vida real de los ciudadanos. Décadas después, Hannah Arendt describió cómo ciertas formas de irresponsabilidad política se vuelven peligrosas cuando dejan de provocar indignación y comienzan a parecer normales.

Ese proceso parece estar ocurriendo frente a nuestros ojos.

Las sociedades contemporáneas han desarrollado una tolerancia creciente a la desigualdad, a la volatilidad económica y a la sensación de que las decisiones importantes siempre se toman en otro lugar. Poco a poco se instala una forma de domesticación silenciosa: los ciudadanos aprenden a convivir con la incertidumbre permanente y terminan aceptando como inevitable aquello que en otro tiempo habría generado indignación.

Y cuando una sociedad pierde la capacidad de indignarse, el poder ya no necesita rendir cuentas.

Tal vez esa sea la verdadera victoria de las élites contemporáneas: no haber eliminado el conflicto social, sino haber logrado que muchos lo consideren simplemente parte del paisaje.

Pero la historia demuestra algo que las dirigencias suelen olvidar: los pueblos pueden tolerar muchas cosas durante mucho tiempo, pero no indefinidamente.

Porque cuando la distancia entre quienes gobiernan y quienes sobreviven se vuelve demasiado grande, la estabilidad deja de ser un equilibrio y pasa a convertirse en una ilusión.

Y cuando esa ilusión finalmente se rompe, ya no hay discurso económico, ni estrategia geopolítica, ni relato político capaz de contener el malestar de sociedades que sienten que, durante demasiado tiempo, fueron obligadas a pagar el precio de la tranquilidad de los poderosos.

Por Pablo Gabriel Miraglia

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