La eternidad del error

09.11.2025

Un país que no despierta, que confunde el grito con la verdad y la obediencia con la fe. Los nuevos mesías repiten los pecados de los viejos, y los jóvenes aprenden a mirar las ruinas como si fueran el futuro. 

El silencio que sigue a las promesas rotas siempre suena igual. Primero llega el fervor: la ilusión de que esta vez sí, de que al fin alguien entendió lo que el pueblo necesita. Las multitudes repiten consignas como plegarias y los discursos se inflan con palabras grandilocuentes: libertad, cambio, patria, moral. Cada era tiene su propio redentor, pero todos se parecen: irrumpen gritando contra la decadencia y prometiendo un renacimiento que nunca llega.

Después, cuando el polvo baja y el ruido se apaga, queda el mismo paisaje: un país cansado, dividido, empobrecido y cada vez más desconfiado. Las promesas se deshacen en excusas, las certezas en frases huecas, y lo que se presentaba como una revolución moral termina siendo apenas otro capítulo de una larga y triste repetición.

Se prometió cerrar el Banco Central y eliminar el peso como símbolo de decadencia, pero las estructuras se mantuvieron intactas y las intervenciones monetarias continúan. Se habló de dolarización como destino inevitable, de enterrar la moneda nacional y refundar la economía, pero hoy se intenta, con el mismo o mayor énfasis conveniente, fortalecer aquello que se había despreciado. La contradicción se volvió doctrina: de la demolición se pasó a la corrección; del grito libertario, al control férreo de lo mismo que se había jurado destruir.

A ello se suma un viraje que roza lo irónico. Quien se presentaba como un especialista en crecimiento económico "con y sin dinero", como un reformador que venía a romper los moldes, hoy copia un modelo ajeno, un plan antiinflacionario extranjero de los años ochenta, diseñado para un contexto completamente distinto, para una economía pequeña, con apoyo financiero y militar de potencias externas, convertido en ejemplo a imitar por un país que lleva medio siglo de crisis estructural. La promesa de originalidad se transformó en calco, y la rebeldía, en ineptitud manifiesta y dependencia.

De la independencia intelectual se pasó al seguidismo doctrinario. Lo que se presentaba como un acto de soberanía económica terminó siendo una rendición voluntaria a un manual extranjero de otros tiempos. De tanto repetir que el país debía dejar de copiar modelos ajenos, se termina copiando uno de los más lejanos, sin contexto ni traducción.

El discurso se vació y para matener el poder del relato el dogma se endureció. Ya no se trata de construir, sino de imponer; de ganar, no de gobernar. El enemigo volvió a ocupar el centro del escenario, como si el país no pudiera existir sin un culpable a quien señalar. En nombre de la pureza, se reinstala la podredumbre, resabios de una época oscura. En nombre de la verdad, se miente. En nombre de la libertad, se domestica.

El problema no es solo el poder: es la sociedad que lo consiente, lo celebra y lo alimenta, tal vez por ignorancia, por soberbia o indiferencia. Nos acostumbramos a la lógica del odio como combustible y de la destrucción como prueba de valentía. Aprendimos a desconfiar por cobardía del que piensa, a despreciar al que duda, a atacar al que propone matices. Y lo peor es que esa cultura ya no solo nos da forma: la estamos transmitiendo.

Les enseñamos a los jóvenes que la furia es una virtud, que el desprecio es una señal de inteligencia, que la crueldad es un modo legítimo de hacer política. Los formamos en la lógica del todo o nada, del aplauso fácil, de la negación del otro,de la apatía. Y así, sin darnos cuenta, les estamos legando un país que solo sabe repetir los errores que heredó, pero con menos inocencia y más cinismo.

Mientras tanto, el país mira. A veces con fastidio, otras con resignación, casi nunca con esperanza sincera. Algunos aún se aferran a la fe del creyente que no quiere aceptar el engaño; otros observan, con una mezcla de tristeza, hartazgo y agotamiento, como todo vuelve a arder con los mismos fuegos de siempre. No hay aprendizaje, solo repetición. No hay redención, solo un eterno retorno de los mismos gestos, los mismos discursos, las mismas promesas: la misma hipocresía.

La grieta ya no es una herida, es un paisaje estable, diría un poco buscado. Una estructura emocional donde todos encuentran un lugar cómodo desde el cual odiar. El odio reemplazó al español como idioma nacional, la mentira se institucionalizó como método, y la violencia verbal y cobarde se transformó en identidad. Así, el país camina dormido, anestesiado por la costumbre, incapaz de reconocerse, pero obstinado en su caída.

Y en esa marcha circular, entre ruinas que ya no duelen y símbolos que ya no significan nada, todavía hay quienes llaman libertad a su propia obediencia, a su propia indignidad. Quizás esa sea, al final, la verdadera eternidad del error: no la repetición del fracaso, sino la paz con la que aprendimos a aceptarlo y a buscarlo.

Por Pablo Gabriel Miraglia

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