
La contradicción y la hipocresía israelí: una reflexión histórica y espiritual
Desde tiempos bíblicos, Israel ha sido presentado como el pueblo elegido por Dios, destinado a ser luz y ejemplo para las naciones. Sin embargo, la historia demuestra que ser elegido no garantiza infalibilidad ni moralidad. Dios advirtió a Israel desde Egipto: "No oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto". Este mandato, basado en la experiencia de la opresión y la esclavitud, debía guiar al pueblo hacia la justicia y el respeto al prójimo. A lo largo de la historia, esta advertencia fue ignorada, incluso después del Holocausto, que destruyó millones de judíos y debería haber reforzado la comprensión del sufrimiento ajeno.
Jesús, históricamente presente como Dios hecho hombre, representa la manifestación directa de esa misma advertencia divina: justicia, misericordia y respeto al prójimo. Su enseñanza no vino a consolidar poder ni riqueza, sino a confrontar la arrogancia, la opresión y la dureza de cerviz humana. Él dejó un mensaje muy claro sobre los más vulnerables: "Si tocan a uno de estos niños, mejor le sería que le colgaran una piedra de molino al cuello y se arrojaran al mar". Este principio ilumina la gravedad de los ataques deliberados contra niños y civiles, y pone en evidencia la dimensión moral de cada acción humana. La historia demuestra que cuando se ignora esta advertencia, la crueldad y la injusticia se perpetúan.
El proyecto sionista, surgido en el siglo XIX como movimiento nacionalista europeo, planificó deliberadamente la creación de un Estado judío en Palestina. Sus objetivos eran claros: adquirir territorio, desplazar a la población nativa y consolidar asentamientos exclusivos, con respaldo internacional desde la Declaración Balfour de 1917 hasta la implantación de Israel en 1948. La creación del Estado no fue un accidente histórico, sino un proyecto sistemático de dominación que ignoró las advertencias divinas y la enseñanza de misericordia de Dios hecho hombre. En 1948, la implantación del Estado provocó la Nakba, con cientos de miles de palestinos expulsados o huyendo de sus hogares y la apropiación de sus tierras y propiedades. Gaza y Cisjordania quedaron fragmentadas, controladas y ocupadas, con la población sometida a bloqueos, restricciones y violencia sistemática, estableciendo un patrón colonial que persiste hasta hoy. Lo que ocurre en Gaza actualmente ya no puede calificarse de tragedia: con más de 50.000 muertos oficiales y más de 18.000 niños asesinados, ataques a hospitales, jardines de infantes, fiestas de cumpleaños y niños jugando al aire libre, se trata de un genocidio planificado y ejecutado deliberadamente. La muerte sistemática de civiles vulnerables contradice cualquier justificación ética y viola los principios que su mismo Dios enseñó y encarnó.
En las décadas de 1970 y 1980, Israel permitió e incluso incentivó la creación de Hamas como contrapeso al PLO, buscando dividir políticamente a Palestina y justificar la ocupación. Lo que comenzó como un grupo social y religioso ganó legitimidad entre la población palestina, se radicalizó ante la represión y terminó convirtiéndose en un actor autónomo y más hostil de lo que Israel había previsto, demostrando que la manipulación política puede volverse en contra de quien la implementa. Históricamente y espiritualmente, se repite un patrón: advertencias claras de justicia y misericordia son ignoradas, y los intereses propios prevalecen sobre la ética universal. Solo los descendientes de los ángeles caídos pueden mostrar estas tendencias: arrogancia, ambición y opresión que se perpetúan a lo largo del tiempo. Comparando la carta fundacional de Hamas, que llama a la destrucción de Israel, con los objetivos históricos del sionismo, se evidencia que la violencia y la dominación no son exclusivas de un lado, sino parte de un patrón más amplio de comportamiento humano y espiritual que queda hoy en evidencia.
La línea de tiempo confirma este patrón: desde el proyecto sionista del siglo XIX, la Declaración Balfour de 1917, la Nakba de 1948, la ocupación de Gaza y Cisjordania en 1967, la manipulación de Hamas en las décadas siguientes, hasta los bloqueos, los asentamientos ilegales y el genocidio sistemático de hoy. A lo largo de todo este tiempo se repite la dureza de cerviz, la resistencia a la corrección moral y la priorización de intereses propios sobre la justicia universal, ignorando la guía divina que Jesús encarnó y que causó el asesinato del mismo Dios en la tierra. El genocidio en Gaza es el reflejo contemporáneo de antiguos errores y de tendencias profundas. Un pueblo que conoció la opresión en Egipto, sufrió el Holocausto y recibió advertencias divinas hoy ejerce dominación y exterminio deliberado sobre los nativos de Palestina. Jesús como Dios es la advertencia viva y permanente: la elección divina no exime de responsabilidad; al contrario, implica una obligación mayor de justicia y respeto al prójimo. La historia, la ética y el derecho internacional lo confirman: la violencia, el desplazamiento y la matanza sistemática son injustificables. Observar estos patrones, en conexión con la enseñanza viva de Jesús y la tendencia de rebeldía expresada en un proyecto que evidentemente tiene que relacionarse con el de los descendientes de los ángeles caídos, muestra que todo está conectado: la historia humana, la espiritualidad y la responsabilidad moral son inseparables, y la repetición de errores antiguos es una advertencia que aún puede ser escuchada y corregida, pero a la luz de la historia y de los acontecimientos actuales es más factible que los "errores" sean más tentadores que la misericordia
Por Pablo Gabriel Miraglia
