
El precio de la hipocresía: la verdad incómoda sobre Israel, Hamás y Palestina
Por Pablo Gabriel Miraglia
No puedo quedarme callado. Lo que los medios venden como noticia es, en realidad, un espectáculo de manipulación cuidadosamente armado. Todos los días nos muestran a los rehenes israelíes, sus lágrimas, sus familias, sus historias. Nos invitan a sentir su dolor como si fuera el único que importara. Mientras tanto, millones de palestinos viven bajo ocupación, violencia sostenida y desplazamientos forzados, y nadie parece escuchar sus gritos. Los cristianos, escupidos, golpeados, con su cruz profanada por judíos y asesinados en la marginalidad del África violenta, quedan en el silencio absoluto de la narrativa internacional. Es imposible no ver que hay víctimas privilegiadas y víctimas descartables. Y eso, moralmente, es insoportable.
El conflicto no comenzó ayer. Sus raíces se hunden en el siglo XIX, cuando el sionismo político surgió como un movimiento nacionalista que buscaba fundar un Estado judío en Palestina. Europa, tras siglos de antisemitismo, vio en ese proyecto una salida cómoda: desplazar el "problema judío" lejos de su territorio. En 1948, con la creación del Estado de Israel, más de 700.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares. Desde entonces, la ocupación, los asentamientos ilegales y la negación sistemática de un Estado Palestino perpetúan una herida que el mundo prefiere mirar de lejos.
El cinismo no tiene fronteras. Hamás, por su parte, nació en 1987 y en su carta fundacional de 1988 declaraba abiertamente su objetivo de destruir el Estado de Israel y eliminar su presencia del mundo islámico. Aunque en 2017 revisó su estatuto para aceptar un Estado Palestino dentro de las fronteras previas a 1967, su retórica y sus métodos siguen siendo violentos e intolerables. Pero el otro lado del espejo no ofrece moral superior: líderes israelíes, incluido Benjamin Netanyahu, han dicho públicamente que "no habrá un Estado Palestino bajo mi gobierno", mientras ministros del ala ultranacionalista del Knesset promueven el proyecto del "Gran Israel", que implicaría la anexión total de Cisjordania y el desplazamiento definitivo de los palestinos.
Ambos extremos, disfrazados de defensa o redención, cometen el mismo pecado: creer que su dolor les da derecho a negar la humanidad del otro. Hamás instrumentaliza la religión islámica para justificar su violencia, mientras sectores religiosos judíos, con interpretaciones extremistas e inhumanas del Talmud, han usado el concepto de "pueblo elegido" para legitimar la ocupación, la segregación y el desprecio. Son visiones minoritarias, sí, pero peligrosamente influyentes. Y cuando la fe se convierte en excusa para el dominio, deja de ser fe: se vuelve ideología de poder.
En este contexto, Israel, con uno de los ejércitos y el aparato de inteligencia más sofisticados del mundo junto con el respaldo incondicional de potencias occidentales, actúa con una desproporción que desafía cualquier sentido ético. Bombardea barrios enteros con la excusa de "neutralizar terroristas", aun bajo un cese al fuego hipócrita, mientras las imágenes de niños palestinos muertos por bombas, balas e inanición, desaparecen rápidamente de las pantallas. Y lo más revelador: un Estado que se ufana de ejecutar ataques "quirúrgicos" a miles de kilómetros como los realizados en Irán, Siria o Qatar, donde elimina objetivos puntuales con precisión milimétrica asegura no poder localizar en más de dos años a unas decenas de rehenes y a un puñado de terroristas en Gaza. No hay que ser analista militar para entender que, si no los destruye, es porque ese no es el objetivo real. La persistencia del conflicto, la prolongación del horror y la demonización total del pueblo palestino son funcionales al proyecto político y territorial que Israel ha diseñado para sí mismo.
Lo más indignante es la corporativización del pensamiento. Existe un discurso único, blindado, que convierte a unos en víctimas eternas y a otros en culpables perpetuos. Quien se atreve a cuestionar esa narrativa es censurado o etiquetado. El periodismo internacional, salvo contadas excepciones, funciona más como portavoz del poder que como fiscal de la verdad. La arrogancia, la hipocresía y el doble estándar moral se ven en cada cobertura mediática, en cada declaración política, en cada silencio cuidadosamente calculado.
Y no es solo una cuestión política: es moral, profundamente moral. Como católico, no puedo permanecer indiferente ante la violencia, la profanación de lo sagrado y la selectividad del dolor. No hay excusa religiosa, política ni histórica que justifique la negación del otro. La fe que no se traduce en respeto es solo un instrumento de dominio.
Muchos dirán que esto es "demasiado fuerte", "injusto", "incómodo", "políticamente incorrecto". No me importa. No busco agradar; busco verdad, justicia y coherencia moral. La paz nunca llegará mientras el mundo siga midiendo vidas humanas con balanzas torcidas, mientras la manipulación determine qué sufrimiento merece atención y cuál debe ser silenciado.El poder no puede actuar con impunidad, ni la narrativa oficial puede seguir moldeando conciencias. No se trata de elegir bandos, sino de reconocer la deshumanización que ambos extremos perpetúan. La hipocresía y la desproporción son intolerables.La verdad, aunque duela, debe decirse. Y yo no voy a callar frente a la manipulación, la injusticia ni el cinismo. La paz y la justicia solo serán posibles cuando se mire toda la realidad, no solo la parte conveniente, y cuando se valore la vida humana de manera universal, sin privilegios ni selectividad.
